Lago Baikal en la Siberia Rusa

Decía Jules Verne a finales del siglo XIX a Michel Strogoff que la profundidad del Lago Baikal no era conocida y que los marineros contaban que quería ser denominado mar y no lago si se quería evitar que se pusiera hecho una fiera. No obstante su ferocidad, la leyenda también explicaba que nunca ningún ruso no se había ahogado.

Ahora la UNESCO, que lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1996, asegura que es el lago más antiguo (25 millones de años) y más profundo (1.700 metros) del mundo. Además, contiene el 20% de la reserva mundial de agua dulce no congelada y su fauna es una de las más ricas del planeta.
Cuando Michel Strogoff, el correo del zar, llegaba al Baikal después de atravesar y superar mil peligros a la estepa rusa, una fina capa de hielo empezaba a forma-se sobre la superficie del lago. Yo, en cambio, vi una inmensa mar de color azul que brillaba con los rayos de un sol de julio que intentaba calentarla. Habíamos salido de Irkurtsk hacía más o menos una hora en una furgoneta que no había arrancado hasta que no había ninguna plaza libre. Compartimos viaje con gente local y también con un chico francés, de Toulouse, que vendía del Vietnam con el transsiberià y que al atardecer volvía a subir al tren para continuar hasta Moscú y París. Descargamos un par de chicas y recogimos otras poco antes de llegar a Listvyanka, la población que había crecido a la ribera del lago y que recibía un número considerable de turistas, mayoritariamente rusos.

El viaje no se me hizo mucho largo y recordé que había leído que aquella carretera había sido construida en 1960 por una visita oficial que tenía que hacer el presidente norteamericano Eisenhower en plena guerra fría. El asfalto todavía era caliente y todo estaba a punto por la cumbre de líderes cuando un avión espia norteamericano fue abatido por los soldados rusos y la visita fue cancelada. De aquel intento de aproximación, pues, había quedado una carretera que transcurría entre bosques de coníferas y las aguas del río Angara. Teníamos una reserva en un bed & breakfast que traía el nombre del amo de la casa, Sasha Guesthouse. Su esposa, Rita, nos recibió con un té caliente y nos enseñó la casa de madera con vistas al lago y rodeada de un jardín que cuidaba todo el verano para olvidar las heladas del invierno.


Después de descargar la mochila y escuchar las cuatro instrucciones de la ama, salimos a explorar el lugar. Era domingo y había gente estirada tomando el sol a las piedras de la orilla del lago en los lugares donde se insinuaba una pequeña playa. había tres o cuatro valientes que se bañaban, pero la mayoría se conformaba a poner los pies al agua y dejarse mimar por un sol radiante. El pueblo era alargado y se notaba que era muy turístico, más que hace falta otro lugar donde habíamos estado hasta entonces en nuestro viaje por Rusia. había mucha gente yendo arriba y abajo: unos se paraban en una parada de souvenirs y otros se perdían por el mercado del pescado, donde las paradas exhibían con orgullo su mercancía. Vendian omul, un tipo de salmón pequeño que se pesca al lago y que presentaban ensartado uno tras otro colgado del techo de la parada. Fresco, seco o fumado no hacía mucho buena cara pero hacía las delicias de aquellos que se lo comían a pedazos a los xiringuitos que había a raíz de lago.


Hacia la una tocadas fuimos también a comer. Pensé que dejaba el òmul por otro día y opté por un par de pinxos de carne que cocían en una parrilla junto a una gran cazuela de arroz pilaf que llenaba los platos de los muchos comensales que se acumulaban a las mesas y sillas que dejaban contemplar la superficie plana del lago con más agua del mundo.


Listvyanka se extendía alargada y orgullosa de haber nacido y crecido al lado del Baikal, que era omnipresente en aquel paisaje. La montaña que se ajeia a los pies del mar era cubierta de árboles, pinos y cedros de Siberia que ofrecían unos piñones cargados de propiedades nutritivas que ahora algunos venían en pequeñas paradas improvisadas a la acera. Compré una bolsa de aquellos piñones pequeños y redondeados que ya a la época de Ivan lo Terrible se exportaban fuera de las fronteras rusas y cuando los probé me pareció que sentía a la boca el sabor de todo el bosque siberia.


Hacía solo y todavía había mucha gente disfrutando de su calor. Familias enteras, parejas y grupos de amigos yacían sobre grandes esteras de colores y tenían la bebida refrescándose con el vaivén de las pequeñas oleadas del lago. El agua era ahora azul ahora verde; se movía muy poco y yo tenía la sensación que todo era lento y que los minutos y las horas habían cambiado el ritmo habitual y dejaban que aquel domingo se allargassés indefinidamente. Todo invitaba a sentar y contemplar aquella demasiada de agua que se alejaba hasta el horizonte y que prometía mundos de fantasía. Sólo el sol se movía despacio, borraba el contorno de las montañas y dejaba que centenares de puntos de luz jugaran a la superficie de aquel mar que escondía leyendas bajo las aguas.

Fuente: Comos

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